Alberto Capella Ibarra, exsecretario de
Antes, el liderazgo del régimen actual señalaba a sus opositores como políticos moralmente derrotados. Ahora, observa Capella, el problema es mayor: personajes vinculados a escándalos graves siguen actuando con cinismo, soberbia y desconexión absoluta del dolor social.
El especialista describe una espiral permanente de crisis. La siguiente emergencia aparece antes de que la ciudadanía pueda procesar la anterior. Esta aceleración impide la rendición de cuentas y debilita la capacidad de reacción colectiva.

La normalización del desastre, según Capella, no solo afecta la percepción pública; erosiona las instituciones y la confianza en la función pública. Cuando los hechos graves se convierten en rutina, desaparece la exigencia de responsabilidades.
El exfuncionario no menciona nombres específicos, pero su diagnóstico apunta a una clase política que ha perdido sensibilidad ante el escándalo. Esta desensibilización, advierte, puede ser más dañina que los propios hechos de corrupción o violencia.
Finaliza pidiendo recuperar la capacidad de indignación. Solo así, plantea, podría interrumpirse la espiral que mantiene al país atrapado entre una crisis y la siguiente.
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