La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una herramienta clave para el siglo XXI, pero enfrenta un desafío significativo: aprender de datos históricos que representan sociedades que ya no existen. La IA es fuerte en identificar patrones y tendencias, pero estos datos reflejan un pasado que no necesariamente se alinea con el futuro.
Este reto se hace más palpable con la revolución demográfica, un fenómeno que marca la historia con una población que vive más allá de los 50 años, con una mayoría femenina. Según la ONU, para el año 2050, habrá cerca de 1,600 millones de personas mayores de 65 años en el mundo, y más de la mitad serán mujeres.
Este grupo demográfico es central para el futuro, pero la IA ha sido entrenada con datos de sociedades más jóvenes y con trayectorias de vida más cortas.

La contradicción se hace evidente cuando consideramos que las mujeres que hoy en día llegan a los 60 años son las primeras en la historia con acceso a la educación superior, independencia económica y participación política. Estas mujeres están creando modelos nuevos, lo que plantea la inevitable pregunta política: ¿quién está imaginando el futuro?
La discusión sobre IA se centra en quién diseña los sistemas, pero la representación de las mujeres en el sector tecnológico sigue siendo baja, con solo alrededor del 22% de los profesionales en IA siendo mujeres, según la UNESCO.
Esta subrepresentación es un problema que comienza a ser reconocido, pero también es parte de una sociedad que se construye no solo con quienes programan los algoritmos, sino también con las experiencias que alimentan los datos. La IA debe adaptarse a los cambios demográficos para reflejar adecuadamente la realidad actual y futura.
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