La exclusión de Chernóbil, franja de 2 600 km² entre Ucrania y Bielorrusia que desde 1986 prohíbe la vida humana, se ha convertido en refugio de especies que desaparecieron hace siglos del paisaje europeo.
Cámaras trampa de la Reserva de Biosfera Ecológica y Radiación de Chornobyl captaron la semana pasada a un lince atravesando el bosque que ya cubre la carretera Pripyat-Slavutych, principal vía de acceso a la central antes del accidente.
Denys Vyshnevskyi, científico jefe del área, explicó que la ausencia de actividad humana transformó la región en un laboratorio natural donde la infraestructura se desmorona y los animales la reutilizan.
Graneros derruidos sirven de refugio a los caballos Przewalski introducidos en 1998; los equinos, originarios de Mongolia y con 33 pares de cromosomas, descansan dentro de casas abandonadas para protegerse de insectos y tormentas.
La población equina, que superó los 150 ejemplares, se organiza en grupos de un semental con varias yeguas y crías, además de bandas de machos jóvenes que merodean por antiguos campos de cultivo convertidos en praderas.
Osos pardos, ausentes en la región desde hace más de cien años, caminan sobre la losa radiactiva del techo del reactor número 4, cubierto desde 2016 por el nuevo sarcófago financiado por la Unión Europea.

Lobos, alces y ciervos rojos transitan sin restricciones la zona de 30 km de radio donde los niveles de cesio-137 y estroncio-90 siguen por encima de los límites internacionales para asentamientos humanos.
Investigadores de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania han documentado más de 400 perros callejeros descendientes de mascotas abandonadas durante la evacuación; los caninos forman jaurías que sobreviven cazando pequeños mamíferos y acercándose a los puestos de control donde guardias les dejan restos de comida.
Los científicos advierten efectos subletales de la radiación: ranas con piel más oscura, aves con cataratas y menor longevidad en aquellas que anidan en zonas de alta radiación, aunque no registran mortandad masiva.
La transformación obliga a repensar políticas de contención: el gobierno ucraniano estudia convertir parte de la zona en corredor ecológico permanente, mientras ingenieros debaten si derribar o consolidar los edificios que sirven de refugio a la fauna.
Para Vyshnevskyi, la lección es clara: cuando la infraestructura humana se detiene, la naturaleza recicla concreto y acero en menos de dos generaciones.
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