Tecate, BC. El estruendo de explosiones y bulldozers sacude la montaña Kuuchamaa mientras Norma Meza Calles, de la Nación Kumeyaay, intenta guiar una ceremonia de sanación. "Es sagrada para nosotros como la iglesia para ustedes", dice antes de que el ruido interrumpa el silencio. El gobierno de Estados Unidos abre con dinamita nuevos tramos de muro justo en la línea divisoria del territorio ancestral.
Las detonaciones lanzan rocas hacia el lado mexicano del centro de bienestar donde se reúne la tribu. Emily Burgueño, kumeyaay de California, explica que en su idioma "cuerpo" y "tierra" son la misma palabra: "Eso lo sentimos en nuestro ADN".

La montaña, protagonista del relato de creación kumeyaay —donde un chamán se transformó en cerro— quedó partida cuando la frontera internacional se trazó hace 170 años. Ahora los contratistas la dividen de nuevo sin consultar a las comunidades.
Más de una docena de tribus en ambos lados de la frontera integran la Nación Kumeyaay. Ninguna fue consultada antes de iniciar los trabajos que, según líderes, violan leyes de protección cultural y ambiental eximidas por el Departamento de

En respuesta, representantes tribales se reunieron con funcionarios federales para exigir la suspensión de las explosiones y evalúan demandar. "Nadie jamás consintió ni respaldó el uso de dinamita en la montaña", recalca Burgueño.
La construcción avanza aun cuando los cruces irregulares han bajado a mínimos históricos. Para los pueblos indígenas, cada explosión no solo destruye roca; borra parte de su historia colectiva y deja heridas que, advierten, no cicatrizarán con cemento ni acero.
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