Tucson parece el lugar menos indicado para estudiar enfermedades marinas: desierto, sin litoral y a más de 500 kilómetros del océano Pacífico. Sin embargo, ahí opera desde 1986 el Laboratorio de Patología Acuícola de la Universidad de Arizona (APL), convertido en centro mundial de diagnóstico para la industria camaronera.
El APL fue fundado por el fallecido Dr. Donald Lightner, cuyo interés en patógenos de crustáceos coincidió con el auge de la acuicultura. Treinta y ocho años después, el laboratorio procesa muestras de productores de Asia, América Latina y África, donde el camarón genera empleo y divisas.
Arun Dhar, director actual y profesor de la Escuela de Ciencias Animales y Biomédicas Comparadas, resume el crecimiento: “La acuicultura es la fuente proteica de más rápida expansión; el consumo de mariscos se ha duplicado desde los años sesenta”. Ese incremento obliga a vigilar patógenos que pueden diezmar estanques en días y encarecer el precio final para consumidores.

La Organización Mundial de Sanidad Animal (WOAH) designó al APL como único laboratorio de referencia en América del Norte para enfermedades de crustáceos. La condición implica validar métodos de diagnóstico, alertar sobre brotes y asesorar a gobiernos cuando el comercio se ve en riesgo.
La cadena fría internacional exige certeza sanitaria. Por eso el APL también está aprobado por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) y acreditado bajo norma ISO. Sin esos sellos, exportadores enfrentan rechazos en puertos y pérdidas millonarias.

Tres tareas definen la rutina: diagnóstico, capacitación e investigación. Cada semana llegan cajas con camarones moribundos; técnicos secuencian virus, bacterias y parásitos, luego emiten dictámenes que deciden si se sacrifica un lote o se aplica tratamiento.
Al banco de tejidos se accede como si fuera un archivo histórico. Conservan 150 mil muestras desde 1979, lo que permite rastrear mutaciones de virus que hoy resisten temperaturas más altas, un dato relevante ante el cambio climático.
Estudiantes mexicanos, ecuatorianos, vietnamitas e indonesios pasan hasta tres meses en Tucson aprendiendo tinción de tejidos, PCR y bioseguridad. Al regresar, se convierten en primeros respondadores cuando aparece una nueva enfermedad en sus países.

La última amenaza global es la “mancha blanca” causada por el virus Whispovirus. El APL desarrolló una prueba rápida que reduce el tiempo de diagnóstico de semanas a horas, evitando que camiones cargados de camarón infectado crucen fronteras.
La investigación también se orienta al control: vacunas de ARN,
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