El presidente Donald Trump aprovechó la atención nacional en la reciente escalada militar con Irán para acelerar la transformación de la geografía capitalina sin aprobación legislativa.
El pasado 7 de mayo recorrió el National Mall y confirmó que el estanque reflectante del Monumento a Lincoln será pintado de “azul bandera estadounidense”, proyecto que rebajó de 350 mdd a 1,9 mdd según dijo ante empresarios.

El mismo día, la Casa Blanca notificó al Consejo de Planificación Nacional que pintar de blanco el Eisenhower Executive Office Building costará al menos 7,5 mdd a los contribuyentes.
Ambas obras se suman al derribo del Ala Este presidencial, donde se levantará un salón de baile, y a la colocación de letreros que anuncian cierre en East Potomac Park, campo de golf público con vista al Monumento a Washington.

Desechos de la demolición con altos niveles de plomo fueron depositados en el parque, lo que motivó una demanda de grupos preservacionistas.
La organización sin fines de lucro que administra el campo asegura que seguirá operando hasta que el Servicio de Parques Nacionales inicie una “restauración histórica”, aunque el mandatario ya habló de convertirlo en un campo “a la altura del U. S. Open”.

En menos de un año, Trump ha colocado su nombre en la fachada del Instituto de la Paz y del Kennedy Center —que planea cerrar dos años—, colgó su retrato en el Departamento de Justicia y cerró Lafayette Square frente a la Casa Blanca. También impulsa un arco triunfal cerca del Cementerio de Arlington. La ciudad donde solo obtuvo 6.
5 % de los votos en 2024 registra así una intervención federal sin precedentes en espacios que dependen de presupuestos públicos. El historiador Julian Zelizer advirtió que el presidente “está decidiendo, en un momento de guerra y de inestabilidad, dedicar capital político y recursos a proyectos personales de imagen”.
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