La inteligencia artificial está transformando el cine y el streaming con la tecnología de deepfake en tiempo real, que puede reducir semanas de postproducción. Esta tecnología permite sustituir rostros y modificar escenas durante el rodaje, acelerando significativamente tareas que antes requerían largas horas de edición.
El término deepfake proviene de la unión entre deep learning y fake, y se basa en redes neuronales capaces de aprender a partir de grandes cantidades de datos, como imágenes, vídeos o audios. Los sistemas identifican patrones y pueden reproducir expresiones faciales, movimientos e incluso la voz de una persona con gran precisión.
Para crear un deepfake, se utilizan modelos de IA diseñados para imitar rasgos humanos a partir de material recopilado previamente.
El proceso se divide en tres fases: recopilación de imágenes, vídeos y audios de la persona objetivo, entrenamiento del modelo para imitar gestos, iluminación, ángulos y tono de voz, e integración del rostro o la voz en la escena original ajustando elementos como la luz y el movimiento para lograr un resultado realista.

En el cine, los deepfake se han utilizado para rejuvenecer o envejecer digitalmente a actores, como en la película The Irishman, que popularizó esta técnica y recibió una nominación al Óscar por sus efectos visuales.
Otra aplicación es la sincronización labial asistida, que mejora la experiencia del espectador al adaptar los movimientos de la boca al idioma doblado.
Sin embargo, el deepfake plantea dudas sobre el futuro de muchos profesionales de la postproducción, ya que la automatización mediante IA puede generar preocupación sobre el reemplazo de algunos puestos de trabajo humanos.
Además, existe un importante dilema ético, ya que el deepfake se utiliza en otros ámbitos para crear contenidos manipulados sin consentimiento, en algunos casos para producir material usado en estafas de internet.
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