El telescopio espacial Neil Gehrels Swift, que estudia estallidos de rayos gamma desde hace dos décadas, podría desplomarse sobre la Tierra en junio de 2026. Datos de la NASA actualizados en noviembre de 2025 muestran un riesgo del 50 % de salida de órbita; la probabilidad se dispara al 90 % antes de 2027.
La agencia asignó 30 millones de dólares a la firma Katalyst para crear la nave robótica LINK, diseñada para interceptar el observatorio y empujarlo a una trayectoria más alta y estable. El proyecto avanza sin fecha de lanzamiento confirmada.

Swift fue lanzado en 2004 y ha producido mapas de explosiones cósmicas que los científicos aún explotan. Su pérdida implicaría un hueco en la vigilancia de fenómenos de alta energía y, eventualmente, escombros que podrían caer en zona no controlada.
La atmósfera terrestre, aunque tenue a 600 km de altitud, sigue generando resistencia. Las tormentas solares del ciclo 25, que alcanzaron su máximo en octubre de 2024, expandieron el aire exosférico y aumentaron el frenaje sobre el satélite, acelerando su descenso.

Para ganar tiempo los controladores han apagado instrumentos secundarios y reorientado los paneles solares, reduciendo la superficie que opone frenaje. La maniobra retrasa el día en que las reservas de combustible no alcancen para mantener la altitud.
La NASA no tiene plataforma terrestre capaz de insertar LINK en el plano orbital exacto de Swift. Por eso planea despegar la nave desde un avión, una modalidad que permite ajustar latitud y azimut del lanzamiento para encontrar al telescopio en pleno vuelo.

Si se logra, será la primera vez que se captura un telescopio operando y se reubica sin intervención humana directa. El éxito o fracaso de LINK determinará si Swift puede seguir vigilar el cosmos o se desintegra sobre la Tierra antes de 2027.
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