El testimonio de Greg Brockman, cofundador de OpenAI, ante el tribunal federal de San Francisco confirmó que la organización sin fines de lucro se vio forzada a cambiar de rumbo cuando descubrió que alcanzar una inteligencia artificial general requería una infraestructura de computo inalcanzable con donaciones.
El punto de inflexión ocurrió en 2017, tras la exhibición pública del sistema OpenAI Five que derrotó a campeones mundiales de Dota 2. El experimento demostró que el avance dependía menos de algoritmos que de la capacidad de procesar millones de partidas simultáneas, lo que implicaba un gasto en servidores que la entidad benéfica no podía cubrir.

Brockman declaró que los directivos pidieron en cuatro ocasiones apoyo económico a Bill Gates, quien declinó visitar las oficinas ni destinar recursos. La negativa dejó a la empresa ante la perspectiva de perder a sus ingenieros por falta de presupuesto para salarios competitivos y equipos.
En agosto de 2017, Elon Musk convocó a Brockman y al investigador Ilya Sutskever a su residencia de 47 acres en Hillsborough, valuada en 23 millones de dólares. Según el relato jurado, Musk ofreció financiar el crecimiento de OpenAI a condición de asumir el control ejecutivo y convertir la entidad en una empresa con fines lucrativos.

La propuesta dividió a los fundadores. Musk argumentó que solo su capital podía costear la supercomputadora necesaria, mientras que el equipo original temía perder la misión de abrir la investigación al público.
El desacuerdo derivó en la salida de Musk de la junta directiva y en la posterior creación de una estructura de inversión limitada que conservó el nombre OpenAI pero permitió recibir capital externo. El juicio, iniciado por Musk en 2024, busca determinar si esa transformación violó acuerdos originales de custodia abierta del conocimiento.

El testimonio de Brockman, clave para entender la urgencia financiera de 2017, será contrastado con correos internos que la defensa de OpenAI presentará la próxima semana.
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