La expresión farmear aura surgió en internet para describir acciones que aumentan un capital simbólico: presencia, estilo y magnetismo personal. El Cambridge Dictionary ya registra aura farming como la práctica de proyectar una personalidad atractiva mediante conductas específicas. En las redes, los usuarios incluso han creado una contabilidad imaginaria con puntos que suman o restan según la situación.
Esta lógica no es nueva. Durante siglos, conceptos como honor, gracia, elegancia y capital simbólico han nombrado formas distintas de una misma obsesión: que otros reconozcan en uno algo especial. TikTok actualizó el vocabulario, pero la conducta permanece.
En el siglo XVII, Luis XIV operaba bajo una dinámica similar. En Versalles, levantarse, vestirse o comer se convertían en ceremonias minuciosamente reguladas. La proximidad al monarca era privilegio, y participar en ciertos momentos de su rutina comunicaba posición social. El palacio funcionaba como una arquitectura del prestigio donde el poder debía escenificarse constantemente.
La diferencia entre entonces y ahora radica en la escala. Luis XIV necesitaba un palacio, una corte y cientos de espectadores. Hoy basta un teléfono con cámara.

George Brummell, el dandi británico del siglo XIX, perfeccionó otra faceta de esta lógica. Su estilo apostaba por la sobriedad y la precisión, pero su verdadero talento era hacer que todo pareciera no costarle esfuerzo. Esta ley del aura sigue vigente: cuanto más evidente resulta el trabajo por parecer interesante, menos interesante se vuelve uno.
Las plataformas digitales han democratizado el acceso a la visibilidad, pero también han intensificado la competencia por el reconocimiento social. El algoritmo funciona como una corte moderna donde el prestigio se mide en interacciones y alcance.
La pregunta que emerge es quién controla las reglas de este juego. Mientras en Versalles el protocolo era visible y establecido, en las redes opera de forma opaca, determinada por corporaciones tecnológicas que no rinden cuentas de sus criterios de distribución.
Esta opacidad plantea un problema de interés público: millones de usuarios participan en una economía simbólica cuyas reglas desconocen y cuyos beneficios recaen principalmente en las plataformas. El farmeo de aura, lejos de ser una anécdota juvenil, ilustra cómo la lógica del prestigio se ha vuelto dependiente de infraestructuras tecnológicas controladas por unas pocas empresas.
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