El Colegio Nacional transmitió el foro "Inteligencia Artificial. De la computadora al cerebro. Avances y retos", coordinado por Jaime Urrutia Fucugauchi, donde el investigador Daniel Osorio Gómez planteó una preocupación creciente sobre cómo ha evolucionado nuestra relación con la tecnología.
Según el Doctor en Ciencias Bioquímicas, del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, la sociedad transitó de utilizar la inteligencia artificial como herramienta de respaldo a emplearla como sustituto cognitivo. Este cambio, señaló, implica delegar funciones que antes ejercíamos de manera directa.
Osorio Gómez ejemplificó que la delegación no es nueva: antes memorizábamos números telefónicos, mientras que ahora muchos desconocen incluso el propio. La diferencia radica en que actualmente confiamos a las máquinas procesos más complejos como la escritura, la búsqueda de información, el análisis y la toma de decisiones.
El especialista remontó la inquietud hasta Platón, quien temía que la escritura se convirtiera en "muleta" que debilitara la memoria. Hoy, advirtió, no solo almacenamos datos externamente, sino que solicitamos a los sistemas que participen en la solución de problemas, el pensamiento, la creatividad y la imaginación.

Uno de los documentos que más eco ha generado, según citó, es el estudio del Instituto de Tecnología de Massachusetts titulado "Su cerebro en ChatGPT", que analiza la acumulación de "deuda cognitiva" al usar la inteligencia artificial como asistente de escritura.
El concepto de reserva cognitiva fue central en su exposición. Esta reserva, explicó, se construye mediante experiencias como aprender idiomas, tocar instrumentos o estudiar posgrados, y funciona como "amortiguador" contra padecimientos como el Alzheimer.
No obstante, Osorio Gómez matizó que la deuda cognitiva obedece principalmente a otros factores: ambientes ansiogénicos, depresión, trastornos del sueño y estrés. La pregunta que queda abierta, dijo, es si la tecnología contribuye directamente a este deterioro.
El investigador subrayó que, pese al crecimiento del desarrollo tecnológico y de las neurociencias, no existe un estudio paralelo suficiente sobre el impacto real de estas herramientas en el cerebro humano.
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