¿Qué sentido tiene esforzarse cuando ChatGPT, Claude o Gemini pueden resolver problemas en segundos? Si un estudiante usa estas herramientas para resolver un caso complejo al instante, ¿qué ocurre con el proceso de pensar, equivocarse y aprender?
Conceptos como la mentalidad de crecimiento y la práctica deliberada ofrecen un camino para no renunciar al esfuerzo humano. La mentalidad de crecimiento –término acuñado por Carol Dweck en 2006– distingue a quienes ven el talento como maleable de quienes lo consideran inmutable.
En estudios pioneros, Dweck observó que algunos alumnos confiaban en que sus capacidades podían mejorar con esfuerzo, estrategia y una buena enseñanza. Estos alumnos están más dispuestos a enfrentarse a retos difíciles y a entender el error como información para aprender y no como una etiqueta de “no valgo”.
Suelen pedir y aprovechar orientación concreta para mejorar, perseveran más ante la dificultad y muestran mayor curiosidad y disposición a probar enfoques nuevos. Tienen lo que ella definió como “mentalidad de crecimiento”.
En cambio, otros estudiantes con mentalidad fija huían del riesgo para no quedar en ridículo. La mentalidad de crecimiento ha demostrado ser mejor para el rendimiento académico. Por ejemplo, en el estudio de PISA 2022 los estudiantes con mentalidad de crecimiento superaron en matemáticas a los de mentalidad fija por hasta 7 puntos promedio, y además reportaron menos ansiedad ante los exámenes.

Otro estudio de 2024 confirma que esta mentalidad promueve la resiliencia y el compromiso educativo en diversos contextos. La mentalidad de crecimiento no es innata: es una forma de pensar que se puede aprender y reforzar tanto en casa como en la escuela.
Para ayudar a desarrollarla en la infancia podemos cuidar el lenguaje del elogio: pasar de “qué listo eres” a “me gusta cómo has buscado otra estrategia” o “has mejorado porque has practicado mucho”. Se refuerza el proceso, no la etiqueta de capacidad fija.
También se puede normalizar el error: tratar los fallos como información (“¿qué podemos aprender de esto?”) en lugar de como fracaso (“no valgo para esto”). Enseñar estrategias, no solo pedir esfuerzo: no basta con “esfuérzate más”; hay que ofrecer caminos concretos: dividir la tarea, usar ejemplos, practicar por pasos, pedir ayuda.
Por otro lado, el psicólogo sueco Anders Ericsson desarrolló el concepto de “práctica intencional” o “deliberada”: repetir tareas específicas con objetivos claros, bajo supervisión y con retroalimentación inmediata. La diferencia clave es que la práctica deliberada siempre tiene prop
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