DATO DURO
Consuelo Zalpa recuerda cuando las máquinas llegaron a Xoco en 2008. Tenía 55 años y el vigor para enfrentarse a los trabajadores que levantaban un tapial a la vuelta de su casa. Ese fue el inicio de una lucha que duró más de diez años y que terminó con la derrota de los vecinos frente a un grupo de inversores poderosos.
El megaproyecto Ciudad Progresiva Mítikah se construyó sobre lo que fue un pueblo tranquilo. El desarrollo incluye viviendas de lujo, hospitales, oficinas, centros comerciales y el rascacielos más alto de la capital, con más de 260 metros de altura. Para los habitantes originarios, el cambio fue radical e irreversible.

"Cuando nos quitaron el sol, las primeras en padecerlo fueron las plantas y las flores", describe Consuelo. Los girasoles, geranios, lavanda y margaritas de su azotea se marchitaron sin la luz a la que estaban acostumbrados. La casa se volvió fría y oscura. Jamás imaginó que algo así pudiera pasar.
CONTEXTO
San Sebastián de Xoco es un asentamiento con raíces profundas. Su nombre proviene del náhuatl y significa "fruto agrio", evocando un pasado campesino que hoy solo sobrevive en las crónicas antiguas. Durante siglos, sus calles estrechas, su cementerio, su iglesia colonial del siglo XVII y sus tradiciones comunitarias le dieron un ritmo propio, distinto al de la metrópoli que lo rodeaba.

Contexto político
La transformación de Xoco no fue espontánea. Los vecinos activaron todos los mecanismos legales disponibles. En sus archivos acumularon mapas, fotografías, cartas y solicitudes dirigidas a tres presidentes de México. Ninguno resolvió su problema. La omisión de las autoridades quedó documentada en ese expediente que Consuelo aún conserva.
La única vez que Consuelo entró a Mítikah fue por insistencia de su hijo, en su cumpleaños. "El cuerpo se me estremeció cuando entré, era sentir que con mi presencia en ese lugar estaba traicionando tantos años de lucha", relata. No volvió jamás.

CONCLUSIÓN
El caso de Xoco ilustra un patrón recurrente en la capital: la gentrificación que redefine barrios históricos, el despojo de quienes los habitaron por generaciones y la marginación de quienes no pueden competir con el capital inmobiliario. La promesa de desarrollo urbano suele traducirse en exclusión para los residentes originales.
La historia de Consuelo y sus vecinos permanece vigente como advertencia. Mientras la ciudad celebra sus nuevos rascacielos, otros habitantes cuentan lo que perdieron: el sol, sus plantas, su calor, su historia.
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