El petróleo recuperó el centro del escenario financiero. En pocas semanas, su precio registró saltos bruscos que ya se transmiten al costo del combustible, el transporte y la canasta básica. La volatilidad no es solo un tema de traders: cuando el barril se dispara, la gasolina, el diésel y hasta las tarifas de avión reaccionan en cadena.
Detrás del movimiento hay tres palancas simultáneas. Primero, la guerra en Medio Oriente que amenaza rutas clave de exportación. Segundo, el recorte voluntario de suministro que la OPEP y sus aliados mantienen desde enero. Tercero, la reapertura económica de China, que elevó su demanda diaria por encima de los 16 millones de barriles.
Estados Unidos intenta contener el alza. Ha soltado en dos ocasiones más de 20 millones de barriles de sus reservas estratégicas, pero el efecto se disipa en días. El Departamento de Enería admitió que sus inventarios están en mínimos de 40 años, por lo que su capacidad de freno es limitada.

Para México, el costo adicional se siente de inmediato. Cada dólar que sube el crudo se traslada, en promedio, a 8 centavos más por litro de gasolina en las estaciones del centro del país. El fideicomiso que estabilizaba precios desapareció en 2022, por lo que el ajuste es directo entre productor interno y consumidor final.
La inflación global ya recibe presión desde el lado energético. El Banco Central Europeo advirtió que un crudo por encima de 90 dólares puede sumar 0.6 puntos porcentuales al índice de precios al consumidor. La Reserva Federal, por su parte, postergó sus recortes de tasa mientras el barril no baje de 85, según revelaron en su última minuta.
Escenarios para los próximos meses dependen de dos variables: si Israel y sus vecinos amplían el conflicto hacia el Golfo Pérsico, el precio podría rozar lo
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