El movimiento de las ‘cucarachas’ en la India es el enésimo episodio de un profundo malestar social que se abate sobre los pilares del poder tradicional Al final de la semana pasada, decenas de miles de personas entraron ilegalmente desde Marruecos a la ciudad española de Ceuta. Pocos días después, el lunes de esta semana, el partido del primer ministro Narendra Modi perdió en unas elecciones parciales en el Estado de Bihar un escaño que la formación controló durante tres décadas.
Detrás de dos hechos aparentemente inconexos ocurridos a miles de kilómetros de distancia hay un denominador común: el malestar y la agitación de la Generación Z, los nacidos entre 1997 y 2012, en el sur del mundo. Aunque no hay datos oficiales, múltiples testimonios periodísticos han coincidido en apuntar que una gran parte de las personas que entraron en Ceuta eran jóvenes. No cabe duda de que, independientemente de si hubo o no un cálculo político en espolear el movimiento, la razón personal de quienes se movieron era la inmensa frustración con sus perspectivas en la sociedad de origen.
La Generación Z (o Gen Z) protagonizó un notable movimiento de protesta en Marruecos en septiembre y octubre del año pasado. En este caso no se trata de un movimiento de protesta, lo que lo inscribe en una categoría distinta, pero sí es un síntoma de un malestar con un potencial político explosivo.

En el episodio de la India, la derrota del partido de Modi (BJP) se produce poco después de la extraordinaria protesta juvenil conocida como el movimiento de las cucarachas, que ha sacudido el país durante semanas y consiguió la salida del ministro de Educación, un hecho prácticamente inaudito a la vista del historial de un primer ministro que se enorgullece de no ceder a la presión. La protesta estalló al conocerse un episodio de amaño de exámenes de acceso universitario, lo que detonó la ira de una generación que ve que no hay meritocracia, no hay oportunidades.
La derrota de esta semana en un escaño tradicionalmente seguro se suma a aquel pulso perdido y es una señal política fortísima que redobla el sentido de debilidad del BJP. Se trataba de sustituir a un representante que dejaba el cargo por haber asumido la presidencia nacional del BJP y que durante la campaña había definido a los manifestantes de la Gen Z como “un virus y una banda de cucarachas dedicados a destruir el país”. La jugada no salió bien. Las protestas de la India y de Marruecos son parte de una secuencia impresionante.

Kenia, Nepal, Bangladés, Madagascar, Indonesia, Perú… uno detrás de otro se suceden episodios de movilización juvenil que, en varios casos, han cosechado notables logros políticos, llegando a tumbar gobiernos, por ejemplo en Nepal o Madagascar. Cada país tiene características propias, y el sur del mundo es un espacio profundamente heterogéneo.
Cada protesta ha tenido motivos de ignición específicos, desde la indignación por una medida restrictiva de redes sociales en Nepal hasta el fracaso en proveer suministros básicos en Madagascar; desde el rechazo a medidas fiscales en Kenia hasta la ira por los grandes gastos para organizar el próximo Mundial de fútbol mientras abunda la precariedad y faltan oportunidades en Marruecos. Pero es evidente que hay denominadores comunes detrás de todas esas protestas ―y de la voluntad de huir de Marruecos―.
Hay un patrón de auge demográfico y de dificultad en absorber adecuadamente en los mercados laborales una población cada vez más formada; hay un descontento sistémico con corrupción, nepotismo, traición del valor de la meritocracia, represión y censura; hay un uso extensivo de las redes sociales. Y hay elementos supranacionales que exacerban los fallos nacionales: desde las guerras que disparan la inflación hasta las pandemias, desde la fragmentación del panorama comercial hasta la potencia manufacturera avasalladora de China. Así, más de 1.

000 millones de jóvenes de entre 14 y 29 años del sur del mundo incuban una enorme frustración que se va liberando en fuertes sacudidas que hacen tambalear las estructuras de poder. Miembros del Movimiento GEN Z 212 protestan para exigir reformas, en Rabat, el 18 de octubre de 2025. Anadolu (via Getty Images) “Esta generación no cree en el sistema, entendido como un estado de cosas que genera previsibilidad. Siente que no cumple. Siente con mucha intensidad que el compromiso de solidaridad intergeneracional se rompe con ellos. Por mucho que se esfuercen, no tienen buenos empleos. El sistema político no atiende sus necesidades. Heredan un planeta insostenible.
Son antisistema porque el sistema les ha frustrado, les ha traicionado con la idea de la previsibilidad”, comenta Antoni Gutiérrez-Rubí, consultor político y autor del libro Polarización, soledad y algoritmos (Siglo Veintiuno), que explora las características de la Generación Z. Ese disgusto con el sistema asume dos formas tendencialmente diferentes en las democracias avanzadas del norte del mundo y en el sur global. En el Norte se materializa con el voto en las urnas a opciones radicales o en todo caso consideradas como alternativas al mainstream .
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