Ciudad de México, 31 de enero de 2025 – Lo que el gobierno de la Cuarta Transformación (4T) vendió como el proyecto de infraestructura más importante del sureste mexicano, hoy es un símbolo del despilfarro, la destrucción ambiental y la opacidad en el uso de recursos públicos. El Tren Maya, una obra impulsada por Andrés Manuel López Obrador, ha sido un fracaso en casi todos los sentidos: sobrecostos millonarios, daño ecológico irreparable y una funcionalidad cuestionable.
Costos descontrolados y opacidad en el gasto
El presupuesto inicial del Tren Maya fue de 120 mil millones de pesos, sin embargo, las constantes modificaciones y la falta de planeación han hecho que su costo se dispare a más de 500 mil millones de pesos. A pesar de la monumental cantidad de dinero invertida, los retrasos, fallas estructurales y cambios improvisados han convertido el proyecto en un barril sin fondo para el erario público.
El gobierno ha ignorado los llamados a la transparencia, evitando responder a los cuestionamientos sobre la ejecución de los contratos y el destino de los recursos. Muchas de las empresas beneficiadas en la construcción han sido seleccionadas sin procesos de licitación claros, lo que ha levantado sospechas de corrupción y favoritismo.
Destrucción del ecosistema y devastación de comunidades
Uno de los mayores crímenes del Tren Maya es su impacto ecológico. La obra ha devastado miles de hectáreas de selva, destruyendo hábitats de especies en peligro de extinción y afectando irreversiblemente el sistema de cenotes en la península de Yucatán.
Organizaciones ambientalistas han denunciado que la construcción se ha llevado a cabo sin estudios de impacto ambiental adecuados, derribando árboles centenarios y afectando acuíferos fundamentales para la región. La imposición del proyecto ha generado desplazamientos forzados de comunidades indígenas, muchas de las cuales han sido ignoradas en sus protestas y demandas de consulta previa.
Un tren que no tiene demanda real
Más allá de los problemas financieros y ambientales, la funcionalidad del Tren Maya sigue siendo un gran interrogante. Expertos en movilidad han advertido que la infraestructura ferroviaria no es adecuada para la demanda de pasajeros y mercancías en la región. Además, el trazo ha sido modificado varias veces, lo que ha incrementado costos y ha generado incertidumbre sobre su verdadera utilidad.
Las estaciones han sido diseñadas sin considerar la conectividad con otros medios de transporte, lo que pone en duda la viabilidad del proyecto a largo plazo. En un país con necesidades urgentes en salud, educación y seguridad, el Tren Maya se ha convertido en un capricho costoso que difícilmente generará el desarrollo prometido.
Conclusión: el Tren Maya, otro elefante blanco de la 4T
Lejos de ser el motor de progreso para el sureste mexicano, el Tren Maya se ha transformado en un ejemplo de improvisación, derroche y desastre ambiental. Con costos fuera de control, daños irreparables a la naturaleza y sin un beneficio claro para la población, el proyecto se perfila como uno de los mayores fracasos de la administración de Morena.
Mientras el gobierno sigue promoviendo la obra como un logro, la realidad es que ha dejado una huella imborrable en el ecosistema y en la economía del país. La pregunta sigue en el aire: ¿Quién pagará las consecuencias de este desastre?
