En la región de Krasnodar, al sur de Rusia, se pueden ver tumbas de combatientes caídos en la guerra contra Ucrania. Igor Shchetko, un exsoldado de las Fuerzas de Misiles Estratégicos de Rusia, decidió desertar tras convencerse de que no había otra salida fuera del Ejército.
Shchetko había firmado un contrato de servicio por dos años en 2021, un año antes de la invasión rusa a gran escala. Su decisión de desertar estuvo influenciada por el suicidio de un recluta de su unidad, tras lo cual fue ingresado en la unidad psiquiátrica de un hospital. El activista de derechos humanos Sergei Krivenko estima que unos 60.
000 soldados rusos han abandonado sus unidades o se han negado a combatir, lo que ha llevado a más de 20. 000 causas penales por deserción o negativa al servicio.
Desde 2023, el Ejército ruso ha reclutado a sus nuevos miembros principalmente mediante contratos bien remunerados, incluyendo presos, migrantes, deudores y habitantes de regiones económicamente desfavorecidas. Paralelamente, el Estado impulsa programas 'patrióticos' que refuerzan la formación paramilitar en escuelas y universidades.

Sin embargo, también existen unidades bien entrenadas y motivadas, como indica un integrante del Cuerpo de Voluntarios Rusos que combatió del lado ucraniano, conocido como 'Kasper'.
La antropóloga Alexandra Arkhipova describe un ambiente de violencia cotidiana dentro de las tropas, recopilando testimonios que dieron lugar a un 'diccionario de guerra' con las jergas utilizadas en el frente.
Muchos términos reflejan mecanismos de control, castigo y supervivencia, como 'casa de pájaros' para designar a operadores de drones que vigilan a sus propios compañeros, o 'foso' para lugares de detención ilegal y castigo.
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