El cierre de Librería Porrúa en Tuxtla Gutiérrez no es un hecho aislado: forma parte de una tendencia nacional que durante veinte años ha ido eliminando espacios de lectura, especialmente en el sur del país. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía lo confirma: en 2024 solo el 69.
6 % de la población alfabeta mayor de 18 años declaró haber leído algún material, contra 84. 2 % en 2015. La caída, de 14. 6 puntos porcentuales en nueve años, coincide con el creciente cierre de librerías y la reducción de secciones de libros en cadenas comerciales.

Las librerías independientes enfrentan rentas elevadas, costos operativos crecientes y ventas decrecientes; los apoyos gubernamentales son casi nulos. Reducir el fenómeno a “falta de cultura” ignora que en estados como Chiapas miles de familias destinan sus ingresos a alimentación, transporte o tecnología antes que a libros.

Leer exige tiempo, estabilidad económica y espacios adecuados; cuando las jornadas laborales se alargan y la precarización aumenta, el ocio cultural se vuelve un privilegio. Las bibliotecas públicas reciben actualización bibliográfica mínima y muchas han recortado horarios o programas.
Para sobrevivir, varias librerías se han convertido en cafeterías o centros culturales híbridos que programan talleres y conciertos: ya no basta con vender libros, deben ofrecer experiencias. La UNESCO advierte que la lectura depende de desigualdades estructurales en educación, ingresos y acceso cultural.

El cierre de librerías no significa “el fin de la cultura”, sino que una sociedad cansada y precarizada tiene menos tiempo para el pensamiento crítico y la vida cultural compartida.
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