El vuelo 11 de American Airlines despegó el 11 de septiembre de 2001 desde el Aeropuerto Internacional Logan de Boston con destino a Los Ángeles. La aeronave transportaba al piloto, copiloto, nueve aeromozos y 81 pasajeros. Entre ellos viajaban cinco atacantes encubiertos.
Uno de los secuestradores era el egipcio Mohamed Atta, identificado como líder táctico de la operación. El grupo logró tomar control de la cabina y desviar el rumbo del avión hacia el norte de Manhattan.
La idea de usar aviones como armas no surgió de improviso. El paquistaní Khalid Sheikh Mohammed la presentó a la cúpula de al Qaeda cinco años antes del ataque. La propuesta consistía en entrenar pilotos, secuestrar aeronaves comerciales y estrellarlas contra edificios de alto valor simbólico y estratégico.
La organización buscaba desde su base en Afganistán métodos para golpear territorio estadounidense. El plan requería coordinación logística, reclutamiento de sujetos dispuestos a morir y entrenamiento de vuelo en escuelas de aviación civiles.

La aprobación final llegó de Osama Bin Laden, líder de al Qaeda y multimillonario saudita. En ese momento apenas comenzaba a ser monitoreado por agencias de inteligencia estadounidenses. Posteriormente se convertiría en el hombre más buscado del mundo.
El atentado evidenció vulnerabilidades críticas en la
La aviación civil quedó expuesta como vector de ataque masivo. El caso planteó preguntas sobre la supervisión de escuelas de vuelo, el intercambio de información entre servicios de inteligencia y la capacidad de anticipación ante planes de larga gestación.
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