La distancia entre el discurso oficial y la conducta de los gobernantes se ha convertido en una constante de la vida pública mexicana. En su columna publicada en Reforma, el académico Jesús Silva-Herzog Márquez señala que la brecha entre lo que se predica y lo que se practica crece de manera visible.
El texto describe una clase gobernante que proclama recato mientras exhibe descaro en sus decisiones. Alcaldes, gobernadoras y secretarios de Estado se otorgan privilegios propios de una vida regia, simultáneamente que hacen alarde de una supuesta modestia.
Esta contradicción no es ocasional ni limitada a un solo nivel de gobierno. Según el

Los escándalos de corrupción se han multiplicado en los últimos tiempos. La respuesta de la cúpula gubernamental, sin embargo, no ha sido el reconocimiento de responsabilidades, sino una secuencia de minimización, justificación o negación directa de los hechos.
El discurso oficial sostiene que la probidad es la norma de la nueva vida pública. A diario, sin embargo, se exhiben lujos y opulencias que contradicen esa retórica. La clase gobernante afirma flotar por encima de las ambiciones materiales mientras acumula bienes y privilegios.

Silva-Herzog Márquez destaca la paradoja de quienes pontifican que la felicidad no reside en las cosas que pueden poseerse, sino en el servicio a los demás, pero que terminan haciéndose infelices con sus propias opulencias. La contradicción entre el mensaje moralizante y la realidad observable configura, según el
El académico, profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey, ha desarrollado a lo largo de su trayectoria un análisis crítico sobre las formas del poder en México. Entre sus publicaciones destacan El antiguo régimen y la transición en México y La idiotez de lo perfecto.
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