Los ataques cibernéticos más sofisticados de los últimos años comparten un punto ciego: las organizaciones apilan capas de software defensivo, pero el procesador que ejecuta todo el código no distingue si una instrucción es legítima o maliciosa. El Informe de Investigaciones de Brechas de Verizon 2026 señala que la explotación de vulnerabilidades ya es el vector de acceso inicial dominante, presente en el 31% de todas las brechas. Además, solo el 26% de las vulnerabilidades críticas identificadas en 2025 fueron completamente remediadas ese mismo año.
El informe de IBM 2026 eleva la gravedad: una de cada cuatro brechas maliciosas ya involucra herramientas de inteligencia artificial, con un coste promedio por incidente de seis millones de dólares. Ante este panorama, Jothy Rosenberg, fundador de Dover Microsystems, propone una solución que abandona el software de
Su apuesta es CoreGuard, una capa de silicio que corre en paralelo al procesador, observa cada instrucción que el chip intenta ejecutar y la bloquea si viola reglas programables. El mecanismo funciona como coprocesador sincronizado con el chip principal: para cada instrucción, consulta micropolicies —reglas que definen qué operaciones son válidas en cada — y detiene la ejecución si detecta una anomalía.

La tecnología proviene del programa DARPA CRASH, un esfuerzo de investigación de cien millones de dólares que surgió parcialmente tras el análisis del ataque Stuxnet de 2010, el primero que demostró a escala que código malicioso podía cruzar la frontera digital-física y dañar infraestructura industrial. La investigación se desarrolló en una entidad académica, se independizó como empresa en 2017, y al año siguiente NXP anunció que integraría la solución en plataformas embebidas, calificándola como IP de
Rosenberg fundamenta su argumento en una estadística del sector: quince bugs por cada mil líneas de código. Un sistema defensivo de cien mil líneas tendría estadísticamente mil quinientos bugs. Defender software con software, advierte, es una recursión con problemas estructurales. La arquitectura de los procesadores modernos, agrega, no ha cambiado conceptualmente desde 1945: ejecutan instrucciones sin mecanismo nativo para separar las legítimas de las maliciosas.
La empresa acumula diecisiete patentes en torno a la arquitectura. El escenario que busca contrarrestar ya se materializa: ransomware que infecta directamente el microcódigo del procesador, operando por debajo del sistema operativo donde los antivirus convencionales no alcanzan a ver.
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