El socialismo es una vieja aspiración de los militantes populares que bregan por construir una sociedad de igualdad y justicia. Es un proyecto situado en el polo opuesto del capitalismo y ambiciona erradicar los padecimientos sociales, las tragedias bélicas y la destrucción del medio ambiente que genera ese sistema. Su prioridad es revertir la tremenda desigualdad contemporánea, con políticas de expansión de la propiedad pública y autoadministración popular. Este proyecto ha comenzado a recobrar fuerza en distintos rincones del planeta. Mutaciones y protagonistas El planteo socialista tuvo acogidas muy diversas en las últimas décadas.
Hubo un período de esperanza en la segunda mitad del siglo XX, durante el auge del denominado bloque socialista en un tercio del mundo. Posteriormente irrumpió el entusiasmo de los años 70, al compás de la radicalización que suscitó el éxito de las revoluciones vietnamita y cubana. Esa adhesión comenzó a erosionarse por los cuestionamientos internos que generaron el conflicto chino-soviético, las críticas en Hungría, los distanciamientos de Yugoslavia, los replanteos en Checoslovaquia y el descontento en Polonia.
La posterior implosión de la Unión Soviética derivó en un rechazo del socialismo en los años 90 y en una generalizada indiferencia en la década siguiente, cuando fuera de América Latina el proyecto igualitario parecía un tema del pasado. Ese malestar se diluyó posteriormente y en la actualidad hay muchos indicios de reconsideración del socialismo. La disipación de la euforia neoliberal es el principal determinante de ese cambio. La crisis financiera del 2008 desmintió todos los presupuestos antisocialistas de optimismo con el capitalismo.

Primero reapareció la intervención estatal para socorrer a los banqueros y luego se generalizaron las voces que ponderan la regulación de la economía, en desmedro de la primacía de los mercados. Dos empleados desmontando el cartel del banco Lehman Brothers tras su quiebra en 2008 en la crisis de las hipotecas subprime . Foto: Forbes La pandemia y la fractura de la globalización reforzaron esa rehabilitación de la intervención estatal, erosionando aún más el endiosamiento de “mano invisible” y de un funcionamiento espontáneamente equilibrado del capitalismo.
Los programas de inversión estatal vuelven a presentar dimensiones gigantescas y crece el clamor por establecer algún tipo de impuestos significativos al nuevo puñado de mil millonarios digitales. Esa élite pretende capturar los gobiernos para consolidar su dominación plutocrática, ensanchando la escandalosa desigualdad actual. En este escenario alejado de la veneración neoliberal de los mercados ha reaparecido el interés por recuperar la planificación como herramienta de gestión económica.

Ese instrumento tiene aplicaciones parciales en distintas áreas de la gestión capitalista, pero fue desarrollado y perfeccionado con las políticas socialistas que permiten su pleno desenvolvimiento. Mark Zuckerberg (Meta), Lauren Sánchez y Jeff Bezos (Amazon), Sundar Pichai (Google) y Elon Musk (Tesla, X, SpaceX) en la asunción de Donald Trump el 20 de enero de 2025. Foto: Saul Loeb, EFE La necesidad de planificar la economía y regular los mercados se ha tornado urgente, ante el descontrolado agravamiento de los desequilibrios ambientales y el aterrador desmanejo que genera la Inteligencia Artificial.
Las catastróficas consecuencias de ambos procesos están creando enormes temores en los propios epicentros del capitalismo, quebrando la ingenua confianza en ese sistema que imperó al comienzo del nuevo siglo. Quienes todavía repiten el burdo discurso que contrapone “el triunfo del capitalismo” con el “fracaso del socialismo” han perdido contacto con la realidad. No registran que el nuevo escenario incluye el fulminante éxito de China, con su sostenido crecimiento y su disputa con Estados Unidos por la primacía en las tecnologías de punta.

Ese logro obedece a que evitó la autodestrucción padecida por la Unión Soviética y optó por modificar el rumbo económico, sin demoler las ventajas legadas por su trayectoria socialista. China ha reemplazado la exportación de bienes básicos por una amplia gama de productos elaborados y exhibe llamativas mejoras del nivel de vida de la población. Superó por completo su vieja condición de país subdesarrollado y se ha transformado en un gran protagonista económico internacional prescindiendo de la coerción militar. Lanzamiento de globos durante la celebración de los 100 años del Partido Comunista de China en Pekín el 1° de julio de 2021.
Foto: Chen Yehua, Xinhua El gigante asiático desechó el neoliberalismo y la financiarización, pero no podría haber llegado a su estadio actual con la mera aplicación de modelos keynesianos. Desenvolvió un esquema de predominio de la esfera política sobre el universo económico, que somete a los capitalistas a la autoridad efectiva del Estado. Esos sectores privilegiados existen y son influyentes, pero no controlan los principales resortes del poder, ni las decisiones estratégicas que define el Partido Comunista.
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